El 50 aniversario del fin del franquismo es ocasión para recordar este período infame de torturas, asesinatos, represión y miedo. Los capitalistas emplearon todo su arsenal contra un movimiento obrero que había demostrado ser capaz de poner en peligro su sociedad de clases. La dictadura cumplió su misión de aplastar a los trabajadores que habían estado cerca de tomar el poder.

En 1934, ante la amenaza de que la extrema derecha llegara al gobierno, los mineros asturianos tomaron armas y dinamita y ocuparon cuarteles, ayuntamientos, fábricas de armas y la sede del banco. Se hicieron con las ciudades. El ejército de la república, dirigido por Franco, acabó por masacrar a los obreros tras 15 días de combates.

En 1936 ante el golpe de Estado militar, los obreros decidieron actuar por su cuenta. Tomaron las armas a la fuerza en distintas ciudades de toda España e hicieron fracasar temporalmente el golpe. La revolución del 36 fue aplastada por el ejército, pero antes de eso, ya había sido aplacada por los propios partidos obreros. Ninguno de estos partidos (socialistas, comunistas o anarquistas) quiso que la clase trabajadora tomara el poder. Precisamente, los dirigentes del PCE, hicieron lo posible por reprimir el movimiento revolucionario. Finalmente, las clases altas ganaron la guerra civil y consiguieron mantener por 40 años una dictadura, gracias a la represión y el miedo.

Ya antes de la muerte de Franco la burguesía veía el interés de la democracia. Aunque algunas fortunas tenían mucho que agradecer al franquismo, la democracia permitía acabar con el aislamiento y abrir los mercados a Europa. Pero lo que temían era que el fin del franquismo pudiera dar pie a una situación en la que no tuvieran el control, como ocurrió en Portugal en 1974, con la revolución de los claveles.

Para asegurarse de que nada de eso pasaba, Franco lo había dejado todo “atado y bien atado”. Cuando murió, le sucedió el rey Juan Carlos. Los funcionarios del franquismo, incluidos asesinos y torturadores, quedaron impunes, pasaron a formar parte del “nuevo” Estado democrático.

Los partidos de izquierda (PCE y PSOE), entraron en el juego de la transición. Su papel fue crucial para hacer tragar una democracia capitalista, con la forma de monarquía dictada por Franco, a los trabajadores que acumulaban rabia y experiencia de lucha en la década de los 70.

Parece que la historia se repite hoy. Nada parece muy distinto a los años 30. La clase capitalista en todo el mundo ha seguido al mando, a veces bajo forma de democracia, otras veces cuando la situación lo requería y las crisis se agudizan, en forma de dictadura.

Se nos presenta la democracia como el mejor de los escenarios posibles. Pero esta misma democracia capitalista es la que nos trae una y otra vez el peligro del fascismo, que se alimenta de la rabia de la gente al ver que la situación no mejora y del descrédito de los partidos tradicionales. Es imposible conquistar una libertad duradera en este sistema capitalista. Cada nueva crisis es una amenaza de muerte a los trabajadores.

Si algo podemos aprender los trabajadores de la historia, es que la única manera de frenar a la extrema derecha han sido los obreros organizados y armados. El Estado y su democracia nunca han hecho nada por pararlo, sino que han servido a los fascistas. Necesitamos recuperar la organización obrera, que fue la única forma de plantar cara al fascismo.

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