15 de septiembre de 2026

Desde que este verano entraran decenas de miles de migrantes por la frontera de Ceuta, estamos viviendo un repunte de xenofobia. Parece que ahora por todo el país, un grupo de población ha tomado la confianza suficiente para increpar y dar palizas a extranjeros, manifestarse con cánticos nazis y símbolos franquistas, dar palizas al grito de “rojos de mierda”. Y no solo esta minoría violenta, sino que se está normalizando el odio a los migrantes entre los propios trabajadores.

Han creado un discurso entorno a una supuesta invasión y aunque un periodista tras otro intenta encontrar pruebas de un complot del que todos estos jóvenes marroquís son partícipes, solo encuentran personas con sueños, que nos recuerdan mucho a los nuestros: poder tener un trabajo, un salario que permita vivir, tener un techo y poder formar una familia. La única diferencia entre estos jóvenes y nosotros es que nosotros tenemos el privilegio de poder ir a Europa a buscar una vida mejor de manera legal.

Si la ciudad de Ceuta se encuentra saturada, ¿por qué no se les permite a los migrantes pasar a Europa y tener permiso de trabajo? Que no es ni más ni menos que lo que reclaman. En cualquier caso, resulta injusto que los europeos clamen al cielo por la presencia de africanos, en un pequeño territorio en África…

Para los ricos, la inmigración no es en realidad ningún problema, sino que sacan provecho de poder explotar a unos trabajadores con menos derechos y más miedo. De hecho, las empresas europeas no tienen ningún problema en instalar sus fábricas allá donde deseen y pagar unos salarios de miseria para unos empleos de pésimas condiciones. Si algunos escapan de la miseria que han creado, aún les ponen concertinas y les devuelven.

Desde hace siglos las clases dominantes utilizan el racismo como arma de desunión de los trabajadores y de distracción del verdadero enemigo. Marcos de Quinto llegó a Ceuta con su flotilla de yates, explicándonos, botellín en mano, en una entrevista que estos inmigrantes son el problema y que llegaban a defendernos con su flotilla civil. ¿Y los trabajadores tenemos que fiarnos de este tipo? Obviando la caricatura que representan, no hay que olvidar que este hombre fue el director de Coca Cola España, responsable del cierre de la planta de Fuenlabrada y de dejar a 600 trabajadores en la calle.

Si a los trabajadores pueden sembrarnos este odio es porque tenemos demasiadas carencias y frustraciones como para vivir en paz. Vivimos  en una sociedad en la que hay que competir por un trabajo, una vivienda y por casi todo. En períodos de crisis como el actual, la competencia se vuelve más dura y no son pocos los que dirigen el odio hacia los migrantes. De estas crisis cada vez peores sólo podemos esperar más crueldad.

Pero también tenemos en nosotros mismos la semilla de lo que podría devolvernos la humanidad. Tenemos que darnos cuenta de que no es haciéndole la vida imposible al que está un poco por debajo de nosotros que vamos a mejorar nuestra situación. Nativos y migrantes compartimos el mismo enemigo, y este no tiene nacionalidad, es la clase capitalista del mundo entero. Son los propietarios de Inditex, Repsol, Stellantis, Airbus, Amazon, Tesla, Carrefour… que deciden lo que nos pagan y también lo que vamos a pagar.

Nuestra mejor arma contra los ataques generalizados a nuestras condiciones de vida será siempre la unión de todos los trabajadores sin importar el origen.

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